Cincuenta años después, la Noche de los Lápices sigue siendo una de las heridas más dolorosas de nuestra historia.
En septiembre de 1976, diez estudiantes secundarios de La Plata fueron secuestrados por fuerzas de la dictadura. Tenían entre 16 y 18 años. Seis continúan desaparecidos.
Eran jóvenes, tenían ideas, militaban, discutían, reclamaban y soñaban con cambiar la sociedad en la que vivían.
Nada de eso justificaba que fueran perseguidos. Mucho menos secuestrados, torturados y asesinados.
Recordarlos hoy, medio siglo después, no debería ser solamente un ejercicio de memoria. También debería ser una oportunidad para preguntarnos que aprendimos de aquel horror y, sobre todo, que sociedad queremos dejarles a los jóvenes de hoy.
Podemos discutir las ideas que tenían aquellos jóvenes. Podemos analizar críticamente las organizaciones políticas de las que algunos formaban parte y el contexto de violencia que atravesaba la Argentina de los años setenta.
Pero ninguna discusión histórica puede relativizar una verdad esencial: el Estado no puede perseguir, torturar ni desaparecer a una persona por sus ideas.
El Estado tiene una responsabilidad diferente. Tiene el poder y, justamente por eso, tiene límites. Cuando el poder abandona la ley y se transforma en instrumento de persecución, deja de cumplir su función esencial.
Por eso el Nunca Más no puede ser una consigna dirigida solamente hacia el pasado.
Debe ser un compromiso permanente.
Nunca más la desaparición de una persona por lo que piensa.
Nunca más la tortura como método.
Nunca más el Estado utilizado para perseguir al adversario.
Después de 1983, los argentinos construimos algo extraordinariamente valioso: la posibilidad de resolver nuestras diferencias mediante el voto, las instituciones y la ley.
No ha sido un camino sencillo. Hemos atravesado crisis económicas, sociales y políticas. Hemos tenido gobiernos de distintos signos y enormes enfrentamientos.
Pero seguimos votando y seguimos cambiando gobiernos según la voluntad de la ciudadanía.
Y eso es una enorme conquista.
Por eso, recordar la Noche de los Lápices también significa defender el derecho de nuestros jóvenes a participar, a militar, a reclamar y a equivocarse.
Los desaparecidos de la Noche de los Lápices no pertenecen a una ideología ni a un partido político.
Pertenecen a la historia argentina.
Y quizás el mejor homenaje que podemos hacerles, cincuenta años después, sea garantizar que ningún joven tenga que elegir entre sus ideas y su vida.
Que puedan escribir sus convicciones con un lápiz y defenderlas con su palabra.
Porque mientras los lápices sigan escribiendo, la democracia seguirá teniendo futuro.